Sobre la Eutanasia (por Delfina Sueldo y Josefina Molina)

¿Qué es la Eutanasia? Por eutanasia se entiende el hecho de provocar la muerte para beneficio de la persona. Con el complemento indirecto se quiere excluir la justificación de la eutanasia promovida por las políticas

¿Qué es la Eutanasia?

Por eutanasia se entiende el hecho de provocar la muerte para beneficio de la persona. Con el complemento indirecto se quiere excluir la justificación de la eutanasia promovida por las políticas de “higiene racial” de regímenes racistas, como el del nacionalsocialismo, que perseguían eliminar a los seres humanos indeseables para el sistema. De esta manera se hace justicia al sentido etimológico de la palabra eutanasia (i. e. buena muerte).

Tradicionalmente se ha planteado el problema de la eutanasia como un conflicto entre la vida como un valor en sí o un valor subordinado a ciertas condiciones mínimas de bienestar, resumidas en conceptos como “calidad de vida”, “vida digna” o “vida humana”; i. e., entre lo que podría llamarse el valor absoluto de la vida o valor subordinado de la vida. También se le ha planteado como un conflicto entre el derecho a la vida y el derecho a la libre decisión.

Para dirimir hasta qué punto el conflicto de valores y derechos es relevante para ofrecer una solución al problema, es necesario distinguir las varias formas en que puede tener lugar la eutanasia, a saber:

1. Eutanasia voluntaria (manifestación explícita del paciente de su deseo de morir).

2. Eutanasia involuntaria (falta de la manifestación explícita del deseo de morir por parte del paciente).

3. Eutanasia activa (provocar la muerte por el agente).

4. Eutanasia pasiva (dejar morir al paciente).

A propósito de las dos últimas, existe la duda sobre si representan una auténtica diferencia entre dos tipos de eutanasia (activa o pasiva), entre hacer morir o dejar morir; porque en ambas se encuentra la misma intención de acabar con una vida, sea por acción o por omisión deliberada. Por ello, es mejor hablar, antes que de intencionalidad en la eutanasia activa/pasiva, de causa directa (activa) e indirecta (pasiva) de la muerte. En la primera se provoca directamente la muerte, en la segunda no se hace nada para mantener con vida a la persona (si bien desde la intención, con ambas se desea el mismo resultado).

Si se reflexiona sobre las dos primeras formas de eutanasia, donde la voluntad es el elemento distintivo, entonces surge la pregunta sobre si es posible respetar la voluntad de una persona en toda situación. Con esto se tiene en mente la dificultad de distinguir entre “creencia” y “hecho”, esto es: ¿cuándo se cree o se sabe (con la mayor) certeza que llegó el momento de respetar la voluntad de muerte de una persona? Las opciones son las siguientes:

1. ¿Cuándo la medicina no puede hacer más por la vida del paciente?

2. ¿Cuándo el dolor es insoportable para el paciente?

3. ¿Cuándo no hay uso de las facultades mentales superiores (cerebro) y no se puede hablar más de vida humana digna?

4. ¿Cuándo los resultados del tratamiento médico alargan inútilmente la vida del paciente, porque la muerte del paciente se presentará irremediablemente poco tiempo más tarde?

Esta dificultad hace necesario explicitar anticipadamente, además del deseo, la descripción de las circunstancias bajo las cuales la vida no tiene valor alguno para el paciente. Sin embargo, en este punto cabe preguntar si es posible para cualquiera, incluso para el especialista médico, describir con exactitud estas circunstancias. Frente a los adelantos médicos parece imposible describir con exactitud las circunstancias bajo las cuales una vida acusa irremediablemente falta de valor. Por tanto, siempre habrá un rango de incertidumbre sobre cuándo se han presentado las circunstancias que justifican la eutanasia o realización de la voluntad del paciente.

En el caso de la eutanasia involuntaria siempre faltará una exención de responsabilidad de terceros. Si bien es cierto que la eutanasia pasiva se lleva a cabo muchas veces por razones económicas (cuando los costos de manutención hospitalaria son insolventables por los parientes o el Estado), resulta imposible, desde el punto de vista legal y moral, justificar la eutanasia pasiva e involuntaria, a no ser que se esgrima un humanismo incompatible con cualquier tipo de dolor o sufrimiento inútil y que, por esta razón, anule el valor o dignidad de la vida.

Por ello, antes de plantear las cuatro preguntas anteriores, debería responderse aquélla sobre si se tiene derecho sobre la propia vida, en el sentido de decidir cuándo debe finalizar ésta. Algunos pensarán que sólo Dios puede disponer sobre ella; lo que deja abierto el problema del significado “mi propia vida” y “mi responsabilidad sobre la misma”. Si cada cual no tiene derecho a su vida, sino sólo Dios, entonces la expresión “mi vida” es inexacta y “mi responsabilidad sobre ella” reducida. Si hay una auténtica exigencia de ofrecer razones a favor o en contra de la eutanasia, y, por ello, el planteamiento ocurre fuera del contexto religioso, entonces es necesario aclarar en qué sentido “mi vida” es mía. Existen cuatro opciones:

1. ¿En el sentido de propiedad privada (como poseer un auto, una casa, etcétera)?

2. ¿En el sentido de que a nadie más le incumbe lo que ocurre con ella, excepción hecha del individuo mismo?

3. ¿En el sentido de actuar libremente como se define libertad en el artículo 6o. de la declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793, permitiendo hacer todo aquello que no afecte a terceros?

4. ¿En el sentido de tener capacidad de decidir sobre ella a discreción, porque vida y libertad son valores simétricos, donde el derecho a la vida no está sobre el derecho a la libertad?

Para resolver esta dificultad es necesario responder dos preguntas fundamentales, a saber:

1. ¿Es la vida siempre un bien?

2. ¿Es la muerte siempre un mal?

Una posible repuesta a la primera pregunta dice que la vida es “un valor en sí” desde el momento en que constituye la condición de posibilidad de la libertad. Si la opción de elegir sólo es posible en vida, parece que siempre estará por encima de la libertad y, en consecuencia, debe ser respetada y nunca se justifica atentar contra ella bajo el supuesto valor o derecho a la libertad (y consecuentemente, siempre se justificaría alargar indefinidamente la vida en completo sufrimiento, porque ésta es un bien para cualquiera y bajo toda circunstancia).

Esta postura confunde el hecho de “ser un valor en sí” con el “ser condición de posibilidad”. Ciertamente, la condición de posibilidad para elegir es estar con vida; pero no por ello la vida es un valor en sí ni un valor superior al elegir. Análogamente, si una condición de posibilidad para vivir es contar con un aparato respiratorio (nariz, tráquea, pulmones) o un sistema digestivo (esófago, estómago, intestinos), esto no implica que todo ello sea un valor superior a la vida o un valor absoluto.

Por último, puede alegarse que, aun cuando se tome la vida como un bien absoluto, esto no descalifica de tajo la eutanasia, porque puede alegarse que a una “buena vida” corresponde una “buena muerte” (en sentido etimológico de eutanasia).

A la segunda pregunta (i. e. ¿es la muerte siempre un mal?) se puede responder que la muerte es siempre un mal sólo si se toma a la vida siempre como un bien, o como un valor absoluto. Una vez más: ¿con qué fundamento se hace la afirmación “la vida humana es un bien o un valor absoluto”? (con vida humana se le quiere distinguir de la de animales y plantas). Primero, la afirmación teológica “la vida es un bien o tiene un valor absoluto” admite que la vida tiene un fin frente al cual puede ser evaluada como vida feliz, lograda, exitosa, digna, honesta, productiva, saludable, divinamente redimida, etcétera. Pero entonces, sólo respecto del fin se puede sentenciar que sea o no valiosa y también que tenga sentido elegir la muerte cuando ésta carezca de valor o se aleje irremediablemente de su fin.

Segundo, estas preguntas plantean el problema lógico sobre la equivalencia de los términos vida y bien (muerte y mal). Si son lógicamente equivalentes, entonces no tiene sentido hablar de mala vida o de vida nociva para la comunidad o vida dañina, vida infeliz. Sin embargo, todas estas estimaciones verbales son posibles porque se puede pensar la vida independientemente del bien o de aquello que sea para ella un valor o beneficio.

Ciertamente, el valor de la vida puede trascender las miserias que la aquejan en el sentido de que nadie que sufra en demasía esté dispuesto a suicidarse. Éste sería el caso de los prisioneros de guerra en campos de concentración que, pese a su situación infeliz, no se dan la muerte. Pero la verdad de esto no establece un vínculo lógico necesario entre los términos bien y vida a la manera que uno entrañe el sentido del otro. Entonces, a ausencia de una conexión necesaria, tendrá relevancia deliberar sobre el beneficio que tiene para cada individuo salvar su vida o propiciar su muerte. El deseo de vivir de los prisioneros u enfermos terminales no determina de suyo el valor de la vida, porque análogamente también puede haber un deseo de muerte que reivindique el valor de la eutanasia. Entonces, sigue vigente el hecho de que un criminal irredento sea, desde el derecho penal de algunos países, un hombre que merezca la muerte, así como el que un enfermo terminal no encuentre legítimamente sentido en salvar su vida (mediante un tratamiento que alargue su tiempo de sufrimiento para horas más tarde morir).

El tipo de vínculo lógico existente entre vida y bien se pone de manifiesto si se considera la vida de animales y plantas. Si, por el contrario, se piensa que sí lo está en el caso de los seres humanos, es porque la valoración del individuo es independiente de la vida en sí, y relacionada con el hecho de ser-humano antes que con el hecho de ser-hombre-vivo. Por ello tiene sentido, en algunas morales religiosas, aquilatar el comportamiento de un mártir que sacrifica su vida por el bien de otro hombre, porque con ello destaca el valor de ser humano, merecedor de sacrificios, antes que el valor de la vida individual sacrificada. , es necesario tomar en consideración el valor particular de cada individuo sobre su propia vida para que ésta sea tenida por un bien.

Éste es un punto por demás relevante en el caso de la eutanasia voluntaria, porque sólo cuando un individuo considera que su vida no es para él valiosa, se presenta válidamente la disyuntiva entre optar o no por la eutanasia. Entonces, no es incompatible el valor de vida con el deseo de morir en propio beneficio, o bien porque la vida puede perder su valor benéfico para el individuo, o porque la buena muerte forma parte de una buena vida. Por ello, tiene sentido plantearse el problema de la eutanasia como el problema de determinar cuándo la vida es un bien y cuándo no. Ya se hizo referencia a la consideración de la vida como valor absoluto que establecería una correspondencia lógica entre los términos bien y vida, donde, de ser el caso, no tendría sentido decir que «alguien ha tenido una mala vida» o que «su vida no vale nada», y por tanto, donde no fuera posible desvirtuarla por el sufrimiento de un dolor crónico, una enfermedad incurable o la ausencia de las facultades mentales.

Si, por otro lado, se toman ambos términos como lógicamente independientes, entonces sí es posible pensar que una vida no valga la pena y por ello se justifique eliminarla.

En este caso debe ser posible responder a las siguientes preguntas:

1. ¿Qué constituye una vida humana buena o digna de ser vivida?

2. ¿Es posible hallar un criterio funcional de vida para decidir si en algunos casos se justifica la eutanasia?

3. ¿Es posible pensar en un conjunto de beneficios que aclaren el significado de “vida humana digna” o siquiera “vida humana normal”?

El tipo de vínculo lógico existente entre vida y bien se pone de manifiesto si se considera la vida de animales y plantas. Si, por el contrario, se piensa que sí lo está en el caso de los seres humanos, es porque la valoración del individuo es independiente de la vida en sí, y relacionada con el hecho de ser-humano antes que con el hecho de ser-hombre-vivo. Por ello tiene sentido, en algunas morales religiosas, aquilatar el comportamiento de un mártir que sacrifica su vida por el bien de otro hombre, porque con ello destaca el valor de ser humano, merecedor de sacrificios, antes que el valor de la vida individual sacrificada. , es necesario tomar en consideración el valor particular de cada individuo sobre su propia vida para que ésta sea tenida por un bien.

Éste es un punto por demás relevante en el caso de la eutanasia voluntaria, porque sólo cuando un individuo considera que su vida no es para él valiosa, se presenta válidamente la disyuntiva entre optar o no por la eutanasia. Entonces, no es incompatible el valor de vida con el deseo de morir en propio beneficio, o bien porque la vida puede perder su valor benéfico para el individuo, o porque la buena muerte forma parte de una buena vida. Por ello, tiene sentido plantearse el problema de la eutanasia como el problema de determinar cuándo la vida es un bien y cuándo no. Ya se hizo referencia a la consideración de la vida como valor absoluto que establecería una correspondencia lógica entre los términos bien y vida, donde, de ser el caso, no tendría sentido decir que «alguien ha tenido una mala vida» o que «su vida no vale nada», y por tanto, donde no fuera posible desvirtuarla por el sufrimiento de un dolor crónico, una enfermedad incurable o la ausencia de las facultades mentales.

Si, por otro lado, se toman ambos términos como lógicamente independientes, entonces sí es posible pensar que una vida no valga la pena y por ello se justifique eliminarla.

Sin embargo, puede en el caso del derecho a la vida imponer el deber general de no matar y conceder el derecho a disponer de la propia vida en circunstancias determinadas, como:

1. Manifestación anticipada y voluntaria de no desear continuar con vida bajo circunstancias determinadas. Estas pueden ser:

a. Padecer una enfermedad incurable, dolorosa, que provoque sólo sufrimiento.

b. Encontrarse en estado terminal.

c. Considerar a la propia vida como un mal antes que un bien.

Si bien el derecho no obliga a nadie a terminar con la vida indeseada, puede permitir, apelando a la bondad de alguien, atender a las expectativas de calidad de vida de una persona en particular y procurar su finalización. Así se resolvería el conflicto de derecho a la vida (sentido jurídico) y derecho a elegir sobre la vida (sentido moral).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Categorías